Bajo de mi realidad, cierro la puerta de mi portal y ando. El casi silencio, se adueña de la calle, y una rodadora capitana, la atraviesa impulsada por el viento. Un hombre se me acerca y se me ofrece de silla, no tiene trabajo, es un autónomo de su cuerpo, es capaz, me dice, de mimificar casi cualquier objeto. Una mesa de cuatro patas, una silla isabelina, una percha de pie, una lámpara con linterna de mano, una cama con colcha pantalón, todo un muestrario de mobiliario.
- Lo siento, pero no me hace falta, me imagino que tener su flexibilidad en casa, sería fantástico, y creo que su conversación sería muy agradable. Pero, en este momento, at this moment, no.
- Bueno, gracias por escucharme – yo le asentí con la cabeza.
- Espere que yo le he escuchado, ahora me toca a mi – me puse delante de él, no mas de un metro, y saque mis manos a medio camino de nuestros cuerpos intentando ocupar el máximo espacio- yo soy inventor de máquinas nada absurdas, los absurdos son los que no quieren comprarlas, cuando ellos, usted –le apunté con el dedo- por una falsa conciencia social de lo inútil, no la quiera adquirir. Llegado a este punto, le puedo hablar de este mundo, donde cualquier necesidad será cubierta, por ejemplo, tengo en catalogo, “La máquina de los escalofríos”, “La máquina de los sonidos perdidos”, “La máquina cegadora”…
- ¿Tiene una máquina para contar la sal del mar? Siempre me ha intrigado saber, cuanta sal había disuelta en él.
- Pregunta absurda donde las haya, ¿verdad? Esa maquina existirá. Déjeme tiempo, para comprar tiempo, tengo un par de personas aburridas que el otro día me propusieron que querían vender algún día, los aprovecharé para diseñarla.
Me despedí con el compromiso de tener la máquina lista y probada, para dentro de un dolor de muelas, en ese instante dejaba de tomar los antibióticos y barbitúricos, para alcanzar tal estado.
At this moment, un avión de papel tirado por cometas azules, me recogieron del suelo y me llevaron a mi singular realidad.