miércoles, 26 de agosto de 2009

Me quede con tu voz.

Entró por la puerta dejando sobre la mesa del recibidor las llaves de casa. Pasó por el pasillo de manera automática hasta el dormitorio, una estancia grande, dónde el espejo del armario empotrado aumentaba la sensación amplitud. La luz de la tarde que entraba por el ventanal del balcón iluminaba tenuemente una cama a medio a hacer, dos sillones con una mesita camilla y la cómoda de nogal que le regalaron por su boda.
Sustituyo la falda y la blusa que llevaba desde la mañana por una camiseta de talla L de su marido. Su tamaño era suficiente para que sobre su cuerpo pareciera un vestido.
Pensó que antes de cenar era un buen momento para llamar a Vicente. Ya había hablado con él por la mañana nada más llegar a la empresa, pero le apetecía volver a escuchar su voz y contarle como se había desarrollado el día.
Se sentó en el salón en un sillón, pulsó la tecla que memorizaba el número y espero.

- Buenas tardes amor.
- ¿Que tal estas cariño?
- Bien, esperando que llamaras.
- Te tengo que contar un cotilleo.
- Cuéntame –y Vicente rió y escuchó.

Realmente lo que le narró Soledad no era nada del otro mundo, simplemente, un escarceo entre dos compañeras de trabajo acerca de las envidias por ser una más simpática que otra con el jefe.

- Están perdiendo el culo y los demás nos reímos de ellas.
- Que bueno –y Vicente rió.
- Como me gusta que te rías, como me gusta que estés ahí.
- Yo estaré aquí siempre que te haga falta.

Siempre le daba apuro cuando llegaba este momento, el silencio en Soledad era el preámbulo de que tenía ganas de sexo oral.

- Vicente, dime que me quieres.
- Te quiero mi amor.
- Pienso a todas horas en ti.
- Yo también, Soledad.
- Voy a cerrar lo ojos y quiero que me beses por todo el cuerpo, sentir que estas aquí, rozar con la yemas de mis dedos tu cara.
- Que bien hueles.
- Aún no me he duchado.
- Será por eso.

Soledad es clienta de un servicio telefónico dónde un teleoperador reproduce por medio de un ordenador la voz de su marido y lo que él teclea al momento.
Su marido falleció hace seis meses.
Lleva tres meses usando el servicio, desde entonces se siente mejor.

Rafael es el teleoperador que le atiende habitualmente, su trabajo se ha convertido en algo enfermizo desde que presto sus servicios por primera vez a Soledad, dobla turnos, no se toma días de vacaciones, simplemente por estar disponible para cuando ella llame.

1 comentario:

arda dijo...

No me extraña que le guste, un marido así es una delicia, siempre te dice lo que quieres oír y no te lleva la contraria. Claro que no da calor...