Mi cuerpo había cambiado poco y en el fondo del armario encontré la caja.
La cogí, y me senté en la cama. Nunca la había abierto. La poseía desde que era niño, aunque ya había olvidado que la conservaba. Como tantos pasajes de la vida, que vuelven sin llamarlos, pero de repente surgen así, de sopetón, y te das cuenta que siempre han estado allí, guardados, esperando a que sean reencontrados. Dudé.
Dudé un momento, por recordar que dentro de ese espacio, estaban mis miedos, todos mis temores.
Ahora soy un hombre que ha vivido amarrado a la entereza. Toda mi vida se ha construido en la seguridad, una calculada y fría severidad. No ha habido sitio ni para el arrebato, ni para el nerviosismo, tanto sentimental, como profesional. El equilibrio me inunda. No vaciló en anular cualquier intromisión que desvíe mi control. Mi tranquilidad, yo, solo yo. Hace tiempo levante una muralla, y dentro vivo en mi torre del homenaje. Fuera, lo de fuera, extramuros, es ajeno a mi. No me dejo afectar, lo tengo prohibido.
Mi abuelo, fue mi abuelo quién me convenció en encerrar mis debilidades, lo que me asustaba y me convertía en un niño miedoso, en esa caja. En mi caja de Pandora.
Recuerdo lo que guardé. Las mofas de mis compañeros, se cegaban conmigo con sus bromas y humillaciones. El desprecio de los profesores, esa falta de comprensión hacia el niño tartaja, que les hacia perder la paciencia. La crueldad de mi familia por su ausencia, que no entendían que aunque no hablará, ni diera ningún motivo para llamar su atención estaba allí, moviendo los brazos, gritando en el silencio, para que me abrazaran, que no era esa cosa a la que se le daba de comer para engordar.
Tengo en mis manos la caja, y me tienta abrirla. Saldrá lo que tenga que salir, aunque sin abrirla ya han salido. Solo, por el hecho, de volverla a ver, he rememorado todo lo que significa. La voy a abrir.
La voy a abrir porque cuando mi abuelo la cerró dejo dentro la espanza.
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