martes, 10 de marzo de 2009

De lobo de muy señor mío.

La misma luna, cara de niña con pelo a lo Ciudad de Carlos, Charlestown.

No ha cambiado nada, la misma mirada, la misma postura, desde el día que me propuse llegar a ella. Aquella noche, por más que corrí, no la pude alcanzar. Era, es, como una ilusión óptica.
Corría y lloraba, porque mi padre me había pegado con el cinturón. No por el dolor de los correazos si no por sentirme culpable de darle un motivo para que pudiera hacerlo. Me avergoncé y decidí esconderme en su superficie. Ocultarme tras alguna de esas rocas amarillas, Yellowstone.

Pero nunca llegue a sentir la ingravidez lunar.

No hay comentarios: