Antonio se acercó poco a poco al número 17 de la calle Río, con una sensación siniestra y trágica. Observó que aunque la calle estaba llena de escombros y arenilla por todas partes, los peldaños de entrada al edificio y el suelo del patio, estaban excesivamente sucios.
Empujó la puerta y se abrió, debía quedarse abierta. Siguió un rastro de pisadas que subían por la escalera. La casa, como la mayoría de las del barrio, se construyó en los años cincuenta, era de poca altura y sin ascensor.
Subió hasta el rellano del tercero. Las huellas morían en la puerta de la izquierda.
-¿Qué vas a hacer? – sorprendió Pedro a Antonio con su pregunta.
- Llamar –y así lo hizo.
La puerta se abrió lentamente, apareció el hombre que antes había observado Antonio. Tenía unos sesenta y pocos años, las manos finas y el pelo cano.
-Buenos días –en su boca una sonrisa, en sus ojos un contexto inoportuno.
-Buenos días –dijo Antonio de manera decidida- me preguntaba que pasa con estas obras, que nos están volviendo locos.
- Si –al hombre le pareció absurdo su comentario.
- Son una molestia, no se puede pasar de un lado a otro de la calle, hay que dar rodeos para llegar a los sitios, los coches se acumulan al estar cortadas las calles, los ruidos de las obras, la suciedad que entra en las casas –y miró que en la alfombra de la entrada de la casa existían diversas pisadas.
Antonio había reparado mientras subía que ni él, ni Pedro, habían manchado tanto los escalones.
- Si, por lo menos por la noche nos dejan descansar –intervino el hombre bajo el marco de la puerta.
- Si, por la noche las calles están tranquilas y vacías –Antonio percibió la contrariedad del hombre- ¿Se ha enterado de lo del chico que ha desaparecido?
El azar, la ruleta, una bola que gira y da saltos, Pedro gritó, ¡treinta y seis rojo!, la suerte esta echada, la bola se acerca al treinta y seis rojo.
Todo ocurrió a la vez.
Dentro de la casa, se oyó un ruido, algo parecía que se había caído. En el rostro del hombre que había abierto la puerta se desencajó. Sin avisar, Pedro entró corriendo en la casa.
-¿Vive solo? –Antonio creía que era así.
-A usted que le importa –el hombre se había recuperado pese a que el nerviosismo le invadía.
Pedro desde el fondo del pasillo, aseveraba con la cabeza, había alguien allí dentro.
-¿Quién hay ahí dentro? -Alzó la voz Antonio.
De un empujón apartó al hombre, y entró atravesando el pasillo. Antonio esperaba encontrarse con algo sorprendente. Pedro continuaba mirando hacia el interior de la habitación que parecía el salón. A Antonio, le volvió la sensación mezcla de abominación y tragedia. Su corazón se aceleró. Percibía el final del drama.
-¿Que ocurre? –otro hombre anciano, plegado por los años, también de unos sesenta años, se puso en alerta
-No lo sé muy bien aún, pero lo que yo le diga, ¡eh! –Aguardó unos segundos para recuperarse de la turbación- ustedes saben lo que le ha pasado a Miguel.
-Este hombre esta mal de la cabeza, en el barrio lo conocen por un pirado que habla solo –habló el primer hombre que había llegado a la habitación detrás de Antonio- Ande váyase y déjenos tranquilos.
- De aquí no nos vamos –soltó Pedro- estoy viendo a Miguel. Esta ahí delante de ti, Antonio, y me esta diciendo que éste –Pedro estaba señalando al segundo hombre- le ha matado.
Hasta ese momento, Antonio no había sentido miedo. Ando hasta la entrada de la habitación, como si se fuera a ir, pero en realidad estaba buscando una vía de escape.
- Lo sé todo –se la jugó- La bici la han encontrado en un contenedor, y por la suciedad que hay aquí y por toda la escalera, Miguel esta enterrado en alguna zanja no muy lejos de aquí, ¿para que arriesgarse a ser descubiertos llevando el cadáver por ahí aunque por la noche no haya nadie?
Hay silencios que son los preámbulos de la confesión.
- Yo no fui, se lo juro. Cuéntale Julio, cuéntale que fue un accidente –el primer hombre quería desahogarse.
- No nos van a creer.
- Me hizo chantaje. Julio, es un antiguo amigo que ha salido de la cárcel, vino ayer por sorpresa para reclamarme un asunto de hace años.
- Hijo de puta, por tu culpa me metieron en la cárcel. Traidor. –giro la cabeza y se dirigió a Antonio- Y cuando me enteré dónde vivía, me vine a por él, y a por el dinero que se quedó de nuestros negocios –volvió sobre ex compañero- que bien has vivido, con nuestro dinero y con el pasado olvidado.
- Estábamos discutiendo, cuando se presento Miguel sin previo aviso -continuó el primer hombre- Yo le apreciaba, alguna vez habíamos jugado a la petanca y le dije que un día le enseñaría mi colección de zapatos. Yo coleccionó todos los zapatos que he llevado en mi vida, desde chico. No sé por qué le deje pasar. Seguramente por qué pensaba que Julio se relajaría. Pero por desgracia unos minutos más tarde, Julio y yo volvimos a la discusión. En ella Julio me agarró, nos zarandeamos, yo me deshice de él y salió rebotado, llegando a Miguel, y le empujó. Cayó sobre el canto de la mesa, el trompazo fue tremendo, y se desnuco. Entonces, fue cuando me chantajeo. Me dijo que si no le ayudaba a ocultar el cuerpo, les diría a todos que había sido culpa mía, y que se enteraría la gente que había sido un delincuente, y mi vida tranquila se terminaría.
- Yo no quiero volver a la cárcel –grito Julio.
El ex presidiario sacó una pistola de su pantalón, Antonio salió corriendo, sin mirar atrás. Sabía que Pedro no corría ningún peligro. Sintió cerca de su oreja el impacto de una bala sobre la pared. Cuando ya llegaba a la escalera, los dos hombres en el interior de la casa chillaban. Escuchó tres percusiones más.
Horas más tarde el policía alto y flaco, habló con Antonio. Le confirmó lo que ya sabía. Miguel había aparecido muerto en la zanja más cercana a la casa de Juan José. Este había fallecido de un tiró en el pecho, de la pistola de Julio Robles, en el forcejeo posterior a la huida de Antonio. Y aquel se había suicidado, disparándose con el cañón de la pistola en la boca.
- Nunca te imaginas que una desaparición va a terminar de una manera tan trágica –comentó Patricio.
- Si no eres un fatalista, se puede poseer el instinto sano, de que todo va a salir bien – se mostró filosófico Antonio.
- Aunque, a veces, como se dice, piensa mal y acertaras.
Ambos se miraron a los ojos.
- Claro, aunque se puede pensar mal de tantas maneras –concluyó Antonio.
Pedro se encontraba a su lado, le sonrió y le convidó para que le acompañara. Antonio se despidió de Patricio.
Antonio y Pedro se dirigieron a su casa, con cuatro kilos de naranjas, 100 gramos de jamón y queso. Y de una de las manos de Antonio salían espirales de humo.
- ¿No huele a tabaco?
martes, 15 de septiembre de 2009
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1 comentario:
Muy buena la historia ! gracias!
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