Manolo Santana Hernández, afilador de cuchillos de dilatada experiencia., acudió al Mercadillo de las Delicias como todos los quince de cada mes, para dar vuelta a los puestos dónde sus servicios eran bien recibidos.
Aparte de ganarse el sueldo, su presencia en el entramado de pasillos con vistas a los tenderetes, se extendía al encuentro con su deseada señorita Luisa, la pescatera que exponía las lubinas más frescas del mercado.
Entró por la puerta oeste, y el silbido de su cánula anunció su llegada, no hizo falta gritar “el afilador”, todos conocían la sintonía de la procesión. Carnicería Esteban, dos cuchillos y una maza, a su bolsa de cuero, para su afilado posterior, sobre la acera en la esmeril de la bicicleta, Verdulería la Mimosa, las tijeras del Señor Ricardo, Carnicería Chema, nada, todo afilado, el rácano, últimamente ratoneaba, y alargaba los afilados, Pescadería la Mar Azul, un estilete, un cuchillo para quitar agallas y la navaja de afeitar del marido de Lourdes, mujer entrada en carnes que a Manolo tampoco le hubiera importado arrimarse a ella en la cámara frigorífica.
Trasladaba un posible contacto sexual con ella, a la zona de los almacenes, ya que fantaseando con su Luisa, se le apareció ella también, una cosa llevó a la otra, y en medio del sueño, se olvido de Luisa, y terminó con Lourdes. Aunque se sentía culpable y se prometió que se volvería a repetir, recordaba con sumo placer aquella Manuela.
Luisa no conocía sus sentimientos, pero para él, era su chica.
Por ultimo, la parada y fonda en el rincón de la bella Luisa.
Ella no se encontraba al otro lado del mostrador. Su ausencia, le provocó una repentina malagana.
- ¿Dónde esta Luisa?,-preguntó a las mujeres que pacientemente esperaban a la peluquera de escamas.
- Se ha ido al baño.
- La ultima por favor –pregunto la mujer que se unía al grupo de compradoras que miraban el género
Conocía el camino al baño, se encontraban al lado de las cámaras, medito por un momento en ir a buscarla, su instinto y su malagana, le empujaban, nunca había experimentado esa sensación. Al final fue.
Al volver la esquina, se acercó a la puerta del baño, apoyo su oreja sobre ella, no escuchó nada.
- ¿Luisa?, ¿Luisa? –llamando a la puerta.
No hubo respuesta, en ese instante la puerta de la cámara se abrió.
- Ya va, ya va, ¿Qué ocurre?
Era Luisa que se recogía el pelo y se abrochaba la pechera.
- Hola Manolo, ya es quince –detrás de ella dentro de la cámara se oía la voz de hombre que la reclamaba.
Le vino al recuerdo, una imagen de niño, era un árbol y en su corteza clavado un cuchillo, su padre el lanzador de cuchillos del Circo Roonie, le enseñaba a coger los cuchillos por la afiladísima punta . En la siguiente escena se veía a su padre colgado de una cuerda por el cuello, y él desesperadamente intentado cortarla con uno de los cuchillos de su padre.
Sacó de la bolsa un cuchillo y se lo lanzó, la atravesó por el hombro, volvió a meter la mano, otro cuchillo, al pecho, Luisa gritaba y empezó a desangrarse. Hidalgo, el vinagretas, declaró a la policia que ni siquiera se asomo, se quedó en la cámara.
Manolo se aproximo a Luisa ya en el suelo. Esta vez eligió el arma, la maza. Luisa en el suelo le dijo:
-La ultima por favor.
jueves, 12 de febrero de 2009
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